Robert de Herte
Editorial de la Revista Elements, otoño 2005.
Las actuales sociedades occidentales disponen de medios de vigilancia y control que los antiguos regímenes totalitarios solo hubieran podido soñar. Cada día se utilizan un poco más. Esta vigilancia se añade a lo “políticamente correcto”, que busca modelizar la opinión mediante el empleo de palabras impuestas para todos, al “pensamiento único”, que tiende a reemplazar el debate por el sermón, al higienicismo invasor, que busca reglamentar los usos en nombre del Bien, a la reglamentación de los gustos y las preferencias, que se confunde con la libertad de expresión, y a la propaganda, que hoy en día denominamos publicidad.
La seguridad se ha convertido en los últimos años en una preocupación política esencial. Satisfacer esta preocupación sin con ello afectar a las libertades es un problema que no viene de ayer. En el seno de la “sociedad de riesgo”, la inseguridad real o presumida engendra un clima de incertidumbre y de miedo que alimenta todo tipo de fantasmas. El aparataje securitario utiliza este clima para colocar a la sociedad actual bajo control. Habiendo (casi) desaparecido el totalitarismo clásico, son otros comportamientos, más sutiles, de servidumbre y de dominación los que hacen su aparición. Toman la forma de un complejo engranaje de prohibiciones y de reglamentaciones, que se legitiman por las amenazas omnipresentes. Los pretextos son siempre excelentes: se trata de luchar contra la delincuencia, de proteger nuestra salud, de aumentar la seguridad, de controlar mejor la inmigración ilegal, de proteger a la juventud, de luchar contra la “cibercriminalidad”, etc. La experiencia muestra sin embargo como las medidas adoptadas al comienzo para unos pocos son enseguida extendidas para el conjunto de los ciudadanos. Una vez que el principio se admite, no hace falta más que generalizarlo.

“Tratan desde hace algunos años, escribe el filósofo Giorgio Agamben, de convencernos de que aceptemos como dimensiones humanas y normales de nuestra existencia prácticas de control que siempre habían sido consideradas como excepcionales y propiamente inhumanas”. El problema es que, para asegurarnos la seguridad, debemos en todo caso estar dispuestos a sacrificar nuestras libertades. La “lucha contra el terrorismo” es desde este punto de vista ejemplar. Permite instaurar a escala planetaria un estado de excepción permanente. En los Estados Unidos, los atentados de septiembre de 2001 han tenido como consecuencia directa enormes restricciones de libertades públicas. Este modelo está en proceso de generalización. Debido a su omnipresencia virtual, el terrorismo provoca miedos evidentemente rentables y explotables. Contra el enemigo invisible, la movilización no puede ser más que total, puesto que en esta situación todo el mundo es potencialmente sospechoso. La lucha contra el terrorismo permite a los poderes públicos imponerse dentro de su propia sociedad civil tanto como sobre sus enemigos declarados. Mas allá de su realidad inmediata, el terrorismo puede definirse como un fenómeno generador de terror convertible en capital político que beneficia menos a sus autores que a aquellos que lo utilizan como respaldo para meter en cintura y amordazar a sus propios conciudadanos.
Hostiles a toda opacidad social, las democracias liberales se han dotado de un ideal de “transparencia” que no puede realizarse más que mediante la ingeniería social. La sociedad se transforma entonces en un bunker protegido por contraseñas, códigos de acceso, videocámaras de vigilancia. La multiplicación de espacios reservados, siempre con fines de seguridad, los sustrae al uso social y acaba por desaparecer la noción misma de espacio común, que es el de la ciudadanía . Así se crea un Panóptico aun más temido que el diseñado por Jeremy Bentham, pero con su misma función: verlo todo, oírlo todo, controlarlo todo. En el seno de una sociedad de asistencia generalizada, donde los problemas sociales no se gestionan a partir de ahora más que con “células de asistencia psicológicas” y donde la obsesión bobalicona por el “diálogo” da a creer que , mediante la discusión, todo es negociable y que se puede hallar una solución, para que luego la puesta en acuerdo se haga en “monocromo” (Xavier Raufer) a la manera como funcionan los sistemas operativos, de forma que solo aceptan un solo tipo de software o programas para funcionar bajo su entorno. Ahora entendemos mejor, como la ideología dominante habla más fácilmente de derechos que de libertades, porque cada nuevo derecho creado se acompaña inevitablemente de un control ilimitado sobre su aplicación.
La figura que la sociedad de mercado busca promover es la del perpetuo adolescente, presa de una adicción por el consumo permanente: la mercancía como droga. Economía pulsional, donde la energía se dirige hacia el simple consumismo, como simple capacidad de distracción. Este divertimento, en el sentido pascaliano del término, parecería una forma de distracción. Pero nos aleja de lo esencial, contribuyendo de esta forma a una desposesión de si mismo. Asustarnos por una parte, divertirnos por la otra, es decir volver a desviarnos de lo esencial, impedir que podamos reflexionar o hacer prueba de espíritu crítico. Hacer todo lo posible para que la gente produzca y consuma, sin preguntarse por un más allá de sus preocupaciones y de sus deseos inmediatos, sin jamás comprometerse en un proyecto colectivo que nos haga más autónomos. La sociedad “domesticada”, se convierte en ese rebaño de animales tímidos y laboriosos” del que hablaba Tocqueville. Es el ideal de la cría de aves enjauladas.
Un hecho muy característico es la correlación directa entre la pérdida de autoridad y la obsolescencia política del Estado-nacional y el reforzamiento de su aparato represivo. Al tiempo que cada día se desengrasa más de su faceta económica y social, el Estado legisla y controla cada vez más a sus ciudadanos. Con la ventaja añadida de que en materia de seguridad no tiene la obligación de conseguir resultados. Es más: su interés es no conseguir demasiado, puesto que así se puede justificar la permanencia de sus políticas de control y de vigilancia: “No dirigimos un gobierno hacia el máximo de seguridad para conseguir acabar con la inseguridad . Le dirigimos de esta manera porque la inseguridad persiste” (Percy Kemp) . El verdadero fin no es tanto reducir la inseguridad, que es bienvenida por aquellos a quienes beneficia, sino de sostenerla haciendo posible una vigilancia cada vez más generalizada.
Se trata en resumidas cuentas de crear un caos latente que, sin rebasar un cierto nivel, baste para inhibir toda veleidad de reacción colectiva. La misma táctica se observaba antaño contra las “clases peligrosas”, teniendo como fin inconfesable eliminar a los desviados, a los que daban la palabra discordante. Hoy, son los propios pueblos en si, a los ojos de la Forma-Capital y de las oligarquías reinantes, las que se han convertido en las “clases peligrosas”. Es a los pueblos a los que hace falta domesticar. Para impedirles elaborar sus proyectos colectivos de emancipación y de autonomía, basta con provocarles el miedo. Es para lo que sirve el Panóptico. “Cuando no es mediante el martirio físico, decía Peguy, son las almas a las que no se las deja respirar”.
Texto extraído de la:Página Transversal
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Adriano Scianca.-
En un buen artículo de hace unos años (1), Charles Champetier identificaba el nuevo rostro del enemigo en un triple sistema de dominio compuesto por técnica, mercado y espectáculo. Las figuras tradicionales del enfrentamiento político, explicaba Champetier, han quedado ya obsoletas; al día de hoy el poder se ejerce mediante mecanismos impersonales que no se ejecutan en momentos y lugares simbólicos, sino en todo instante y en todas partes.
Más que por una estructura de poder, el sistema está hoy constituido por una dimensión existencial, en la que todos estamos inmersos. Así es, porque la nueva forma del dominio no prevé una imposición externa, sino más bien una absorción en su interior. Nosotros vivimos en la técnica, en el mercado, en el espectáculo.
Todo aspecto de nuestras existencias que no se pueda redirigir a tal esquema es “normalizado” o suprimido: lo que no es eficaz es superado, lo que no es rentable es absurdo, lo que no es visible es inexistente. El resultado es el mundo sin sentido: la economía produce por producir, la técnica progresa por progresar, el espectáculo muestra por mostrar. Lo que en su momento era un medio supeditado a otros fines, ahora es fin en sí mismo. Vuelve a nuestra mente la frase de Nietzsche sobre el nihilismo como ausencia de respuesta al porqué. Pues bien, la profecía se ha cumplido. Vivimos en un mundo que, como diría Alain de Benoist, no sabe dónde ir, pero no deja de afirmar que sólo hay un modo para dirigirse.
Espectáculo y realidad
El espectáculo está formado por aspectos individuales del mercado y de la técnica que constituyen un conjunto autónomo que engloba el ámbito de la información y de las representaciones colectivas. Lo observaron ya Adorno y Horkheimer en tiempos no sospechosos: “las películas, la radio y los semanarios constituyen, en su conjunto, un sistema. Todo sector es armonizado en su interior y todos los son entre sí”. Y todo esto pese al tan ostentado pluralismo: “las distinciones enfáticamente afirmadas” entre los diferentes productos culturales, continuaban los dos filósofos hebreos, “más que estar fundadas sobre la realidad y derivar de ésta, sirven para clasificar y organizar a los consumidores, y para tenerlos en un puño más sólidamente. Para todo el mundo está previsto algo para que nadie pueda escapar; las diferencias son inculcadas y difundidas artificialmente” (2).
Lo que vemos cambia continuamente, pero sigue siendo constante el dominio de la visión de la imagen espectacularizada. En nuestra sociedad, de hecho, la visión ha sustituido tanto a la acción como a la reflexión. No se cree más que lo que se ve. Lo que es visto suplanta lo que es vivido. El espectáculo, dice Guy Debord, no es otra cosa que “el empobrecimiento, el sometimiento y la negación de la vida real”(3). La visión espectacularizada se convierte en la única posibilidad de existencia de los entes.
De ahí se deduce que la sociedad del espectáculo no es sólo el reino de la mentira (aunque mentiras puras y simples las hay a patadas), sino más bien la auténtica dimensión de la no-verdad absoluta, la dimensión en que es imposible tener una experiencia de la verdad, el mundo en que existe sólo lo que se sitúa bajo la luz de los reflectores, mientras que lo que se demora en su existencia auténtica es como si quedase en una oscuridad originaria (4). Como moscas ante un cristal, nos damos de cabezazos para alcanzar una realidad que no captamos sin entender quién y qué se interpone entre nosotros y ella (5).
De este modo, sin embargo, nuestra capacidad de comprensión y de comunicación queda irremediablemente comprometida. La sociedad del espectáculo entra en nosotros y nos transforma desde el interior. En particular, nuestra personalidad es desarticulada en tres niveles distintos: nivel informativo, nivel social y nivel psíquico.
Ver y no entender
El nivel informativo es aquel en el que el espectáculo actúa deformando nuestra percepción del mundo. “Todo lo que sabes es falso”, ha escrito recientemente alguien, y resulta difícil disentir.
Hoy nosotros ya no estamos en condiciones de comprender lo que sucede a nuestro alrededor sin recurrir a las respuestas preconfeccionadas o a paradigmas simplistas que nos suministran deliberadamente. El esquema moral de los “buenos” y de los “malos” ha sido ya insertado a la fuerza entre nuestras estructuras mentales implícitas, y nuestra “libertad de pensamiento” consiste simplemente en asignar a cada figurante la posición a la cual está destinado a pertenecer. Las piezas del puzzle nos las da la televisión y el encaje es necesariamente el establecido, pero a fin de cuentas, cuando juntamos las piezas nadie nos pone una pistola en la nuca: a alguno esto le basta para autoproclamarse “libre”. La multiplicación de los canales informativos ha acabado por coincidir con la total ausencia de información real.

Un símbolo elocuente al respecto es el ataque a las torres gemelas, al mismo tiempo el acontecimiento y el anti-acontecimiento por excelencia. El 11 de Septiembre es el momento de la transparencia absoluta, de la información global realizada, el espectáculo que reúne a la vez a toda la humanidad ante la pantalla de televisión para asistir en tiempo real al mismo acontecimiento recogido por millares de cámaras. Pero al mismo tiempo, estamos ante un anti-acontecimiento, ante la mistificación más absoluta de la realidad, a la ficción completa. Es cierto, lo hemos visto todos. Y sin embargo, ignoramos todos sus aspectos. Sabemos con absoluta certidumbre que algo ha tenido lugar, pero este algo está tan cerca de la esencia misma del mecanismo espectacular que es un concentrado de falsedad en estado puro. No hay ninguna imagen que hayamos visto tantas veces como la de los aviones que estallan; pero al mismo tiempo, no hay ningún hecho histórico del que sepamos menos. Ver y no entender es ya nuestro destino. La comprensión o el análisis nos resultan inaccesibles; nos queda sólo el estupor y la indiferencia, el miedo y la diversión, la histeria y la apatía, administrados en dosis alternas, según las exigencias del sistema.
Desestructuración de lo social
El nivel social es aquel en el que la personalidad de los individuos y su vínculo con los otros son desestructurados y remodelados en base a la lógica mercantil. “El espectáculo no es un conjunto de imágenes sino una relación social entre individuos, mediatizada por las imágenes”, observaba ya Debord (6).
No vivimos más que relacionándonos con los otros, pero hoy no existe vínculo social que no esté sumido en el espectáculo. Aquí, más que los telediarios, lo que vale son las series de ficción, los reality show y el star system en general. Al proponer determinados modelos, la sociedad del espectáculo penetra en las relaciones interindividuales y se reproduce. La competición darwinista, el moralismo hipócrita, el individualismo decadente, el etnomasoquismo, la vanidad narcisista, la pequeña mezquindad, el conformismo más vacío, la superficialidad más desconcertante y la ignorancia más abismal elevados a norma: es en todo esto en lo que estamos inmersos cotidianamente gracias al bombardeo mediático. Predomina la banalidad como lenguaje, lo que significa no tanto que se dicen cosas banales como que no se es capaz de comunicar más que a través de la banalidad. Es decir: se habla y no se dice nada.
Es la culminación de la alienación: “la conciencia espectacular, prisionera en un universo degradado, reducido por la pantalla del espectáculo detrás de la cual ha sido deportada su propia vida, no conoce más que los interlocutores ficticios que le hablan unilateralmente de su mercancía y de la política de su mercancía” (7).
La gran familia
Tal mecanismo alienante, para hacerse seductor, no puede más que travestirse de fingida autenticidad. La tendencia al “realismo” de la televisión actual en realidad trata de crear una especie de “familiaridad” con la ficción de la pantalla, intentando apasionar al público con pequeños casos insignificantes con los que se pueda identificar. “Dicen que con una segunda pantalla mural tienes a la Familia a tu alrededor constantemente” dice Julie Christie en Fahrenheit 451 de Truffaut.
Es así precisamente: la “Gran Familia” te envuelve y te engloba. Te descubres llamando por el nombre a unos desconocidos que has visto en la pantalla como si fuesen tus amigos íntimos. Los sientes cercanos, se te parecen a ti. Pero en realidad eres tú el que estás empezando a ser como ellos. Estos shows, de hecho, no representan la realidad. La construyen. No son descriptivos sino normativos. No muestran lo que es sino lo que debe ser. Lo mismo se puede decir del culto de los famosos y de los aspectos más privados de sus existencias: el individuo “normal” se ve empujado a los cotilleos sobre la vida sentimental de los millonarios ignorantes y viciados divinizados por los medios y fantasea de esta manera sobre una vida que nunca podrá tener pero que le servirá como modelo para orientar la suya. Vivimos en un mundo de famosos truncados, que al soñar sólo con el estilo de vida de los aburridos divos de paripé que están podridos de dinero, muestran que ya han interiorizado un cierto desprecio hacia sí mismos, hacia sus propios orígenes sociales y culturales.
Gracias a la sociedad del espectáculo comenzamos a odiar la parte de nosotros que sigue siendo auténtica, verdadera, arraigada, la parte que si no fuese desintegrada nos impediría acceder al Olimpo mediático, tal y como prevé el clasismo postmoderno que separa a quien aparece de quien no aparece.
La devastación de los cerebros
El nivel psíquico, además, es el de la auténtica desarticulación de la personalidad a un nivel incluso fisiológico. Sólo hay que pensar en la acción desestructurante que puede ejercer en el cerebro.
Como se sabe, el cerebro funciona gracias a la sinergia del hemisferio izquierdo y del hemisferio derecho. Los dos hemisferios elaboran las informaciones de modos distintos destinados después a entrelazarse armónicamente: el hemisferio izquierdo razona de un modo que podríamos definir analítico, lineal, consecuente, científico, digital, el derecho, de modo intuitivo, simbólico, imaginativo, sintético, analógico.
Ahora, se ha revelado como el uso de las nuevas tecnologías mediáticas está en condiciones de crear estructuras mentales prioritarias, favoreciendo determinadas facultades (las “digitales”) en detrimento de las centrales para el pensamiento simbólico y relacional (8). Otros han identificado en tal separación el origen de la barbarización de nuestra sociedad y de la extensión de la violencia nihilista como fin en sí misma (9).
Aquí no hablamos de actitudes o de mentalidades, sino de organización cognitiva e incluso neuronal. Sólo hay que pensar que la televisión ha modificado ya el modo en que usamos nuestros ojos y está contribuyendo incluso a desequilibrar nuestros valores hormonales.
Y eso no es todo: la autorizada revista especialista Pediatrics, por ejemplo, ha llevado a cabo estudios que han demostrado cómo en los Estados Unidos el cerebro de los niños se forma de acuerdo con los tiempos televisivos- en los que todo sucede velozmente, a base de relámpagos breves y repentinos- tanto que ya no logran concentrarse cuando no reciben el mismo tipo de estímulo veloz. Un número cada vez mayor de niños ya no es capaz de concentrarse nunca, ni siquiera durante algún minuto. Estamos dando vida al zombi global, único ciudadano posible del mundo posthumano que estamos preparando.
La rebelión espectacular
Así las cosas, ¿cómo enfrentarse a la tiranía del espectáculo? El camino emprendido por la mayoría es el del extremismo. El extremismo es la excesividad efímera del gesto, la disposición a conferir a los propios discursos una visibilidad que supere durante un momento en intensidad la monotonía de lo ya-visto, sin salir, no obstante, del paradigma de la visión espectacularizada. Este se encuentra, como se puede intuir, totalmente dentro de la sociedad del espectáculo.
A nivel macrohistórico y macropolítico, el extremismo se convierte en terrorismo: a fin de cuentas, el mito del “choque de civilizaciones” (Occidente vs. Terrorismo Islámico) no es más que la versión global y actualizada del mito de los “extremismos opuestos” (anticomunismo reaccionario vs. antifascismo reaccionario). Cambia la intensidad (y el carácter trágico) pero no los resultados. El potencial revolucionario del extremismo es, de hecho, igual a cero.
Es más: jugando un papel en el interior de la sociedad del espectáculo, el extremista y el terrorista no sólo no ponen en cuestión nada, sino que se convierten incluso en elementos funcionales al sistema que de palabra querrían combatir, adoptan el semblante de figurantes en una representación mayor que ellos. Y a menudo ni siquiera son necesarios los repartos dirigidos por otros: estos encuentran por sí mismos su propio puesto en la comedia, espontáneamente asumen la parte que les ha sido asignada.
El pensamiento radical
Fuera de la comedia, y, al contrario, dispuesto a incendiar todo el teatro, se encuentra, en cambio, quien sepa asumir posiciones radicales.

El radicalismo es la antítesis del extremismo. El primero es silencioso, vivido, de largo alcance, operativo; el segundo es ruidoso, escenificado, miope, inútil. No centrado en los gestos sino en las acciones, el radicalismo es, etimológicamente, la capacidad de ir a la raíz. A la raíz de uno mismo ante todo: el pensamiento radical está siempre arraigado. O mejor, debe estarlo: quien se aventura en el reino de la nada debe tener una identidad fuerte para no asumir él mismo las apariencias del enemigo. Pero pensamiento radical significa también ir a la raíz de los problemas, comprender los acontecimientos en profundidad, sabiendo ponerlos en perspectiva.
Escuela de autenticidad y de realismo, el pensamiento radical es hoy la única vía transitable que con razón se puede definir revolucionaria. Así es, porque el primer cometido de toda voluntad revolucionaria es el de descender concretamente a la realidad, más allá de la histeria y de la utopía, las dos únicas alternativas que la sociedad del espectáculo nos ofrece. Por tanto, actuar para volver a lo real. Generar nuevas conciencias. Redespertar conciencias adormecidas. Salir de la capa sofocante de la no-verdad para volver por fin a ver las estrellas.
El mundo en el que vives no existe.
Todo lo que sabes es falso.
Abre los ojos.
Ahora.
Notas
(1) Charles Champetier, Marché-Technique-Spectacle : les formes de la domination.
(2) Max Horkheimer, Theodor W. Adorno, Dialéctica del Iluminismo. Sobre el pluralismo como simulacro de libertad véase también Guillaume Faye, Il sistema per uccidere i popoli, S.E.B. Milano 1997
(3) Guy debord, La sociedad del espectáculo.
(4) Se ve bien como el concepto griego de verdad como aletheia (no ocultamiento) es exactamente dado la vuelta. En la sociedad del espectáculo lo que es verdadero es lo que resulta oculto, mientras que lo que es falso se da con plena visibilidad.
(5) La metáfora es de Baudrillard: “Hoy no somos nosotros quienes pensamos lo virtual es lo virtual lo que nos piensa a nosotros. Separándonos definitivamente de lo real, esta inasible transparencia nos es inteligible cuanto lo es para una mosca el cristal contra el que choca, sin entender qué la separa del mundo exterior: ni siquiera puede imaginar qué es lo que la limita el espacio” (L’uomo è una mosca prigioniera del virtuale, in L’Unità, 28/7/01).
(6) Guy Debord, op. Cit.
(7) Guy Debord, op. Cit.
(8) Cfr. Franco Fileni, Analogico e Digitale, Edizioni Goliardiche, Trieste 1999.
(9) Pienso en las reflexiones de Gabriele Adinolfi sobre el ensayo La violenza dei giovani ed il cervello rettile, del vietnamita Minh Dung Nghiem. Cfr. www.gabrieleadinolfi.it
Texto extraído de L´Uomo libero
Texto extraído de la Página Transversal
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