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Terra
La Coctelera

Dictadura de la economía y sociedad mercantilista

Stefano Vaj.-

La sociedad en que vivimos nuestra existencia conoce hoy como carácter calificativo la situación de unidimensionalidad que se ha venido a llamar “dictadura de la economía” y que puede ser reconducida a la hipertrofia patológica de una función social en el marco de un predominio cultural de los ideales burgueses. A su vez, es característica distintiva de esta hipertrofia en el conjunto de sus efectos secundarios la tendencia a fagocitar sucesivamente las distintas expresiones de la realidad humana. Ya escribía Nietzsche, en una página de Aurora: “Nuestra época que tanto habla de economía es sumamente sofocante; sofoca el espíritu”.

Las tres funciones sociales milenarias de las culturas indoeuropeas, función político-sagrada, función guerrera, función productiva, presuponían, de hecho, un ordenamiento jerárquico de las mismas; ordenamiento que, en particular, suponía un predominio de los valores inherentes a las primeras dos funciones. Ahora, no sólo la función productiva se encuentra hoy dominada por una de sus subfunciones, la economía, sino que esta última, a su vez, está también dominada por su subfunción mercantil. De modo que todo el organismo social está patológicamente sometido a los valores que expresa la función mercantil.

El liberalismo, históricamente, no tiene otro significado que el de haber fijado las bases teóricas para esta usurpación de la soberanía por parte del hecho económico. Ideológicamente, este se configura, de modo similar al propio marxismo, como uno de los variados reduccionismos contemporáneos. Los hombres en el interior de la especulación neoliberal moderna no pueden ser comprendidos a menos que sean reducidos a factores abstractos que intervienen en un mercado: clientes, consumidores, unidad de mano de obra, etc.

Las especificidades culturales, étnicas, políticas, humanas, todo lo que se opone a la intercambiabilidad, constituyen “anomalías provisionales” ante el proyecto que ha de realizarse: el mercado mundial, sin fronteras, sin razas, sin singularidades. Lo que Julius Evola llamaba americanismo, el fin de la historia en una visión comercial planetaria, constituye hoy probablemente la principal amenaza, ya que esta utopía es incluso más extremista que la del igualitarismo “comunista”, y más realizable por cuanto es más pragmática. Se puede decir desde este punto de vista que la sociedad americana es más democrática que comunista la Unión Soviética, y que este democratismo mundialista, en su versión europea, constituye para nosotros verdaderamente el último flagelo.

Por tanto, la nuestra es la “sociedad de los mercaderes”, pero no hay que pensar que esté particularmente basada en el intercambio y en el comercio. Cuando hablamos hoy de “sociedad de mercaderes” nos referimos no sólo y no tanto a estructuras socio-económicas, como a una mentalidad colectiva, un conjunto de valores que caracterizan, más allá de la economía, todas las otras instituciones. Los valores del “mercader”, útiles e indispensables a su nivel, determinan el comportamiento de todas las esferas sociales y del propio Estado.

Con esto, no pretendemos lanzar anatemas contra el dinero y los beneficios y, ciertamente, no somos prisioneros del odio hacia la economía, o promotores de un nuevo reduccionismo opuesto de forma prejuiciosa a la función mercantil en cuanto tal. Simplemente, sostenemos que los valores y la función económica han de ser aceptados, pero en la medida en que estén subordinados a otros valores; es significativo también como el privilegiar sistemáticamente la economía y el bienestar individual lleva a corto plazo, además de a la instauración de un sistema inhumano y a la desculturación de los pueblos, incluso a una mala gestión económica.

“Sociedad de los mercaderes” significa, entonces, sociedad en la que los valores no son más que valores mercantilistas. Para mayor claridad, podemos, con Guillaume Faye, Secretario del Departamento de Estudios e Investigaciones del GRECE, clasificar esquemáticamente en tres grandes divisiones los principios que inspiran estos valores: la mentalidad determinista, el espíritu de cálculo, la sistemática prioridad del bienestar económico individual.

La mentalidad determinista es útil sólo en el terreno económico, por cuanto sirve para maximizar los útiles conectando la propia actividad, como variable dependiente, a algunas reglas y funciones: curvas de precios, leyes de mercado, coyunturas, tendencias monetarias, etc. Pero, adoptada por todo el conjunto de una sociedad tiende inevitablemente a convertirse en una coartada para no actuar, para no arriesgarse. Cuando el conjunto de la economía nacional y, todavía peor el poder político, se someten y se dejan guiar por sistemas teóricos deterministas construidos según las necesidades del momento, renunciando a osar y a buscar soluciones de manera creativa, la sociedad se “gestiona” sólo a corto plazo, y permanece irremediablemente bajo la hegemonía de previsiones económicas pseudocientíficas que se consideran ineluctables ( la mundialización de la competencia internacional, la industrialización progresiva del tercer mundo, la necesaria evolución hacia el “crecimiento cero”, etc). Todo esto mientras, paradójicamente, no se tienen en cuenta las más elementales evoluciones políticas a medio plazo: por ejemplo, el oligopolio de los detentadores del petróleo.

Las naciones mercantilistas renuncian así a su libertad política y las gestiones liberales de los estados no saben más que ir en el sentido de lo que estas creen que se encuentra mecánicamente determinado, por cuanto racionalmente formulado, olvidando que, al final, es el hombre el que establece las reglas del juego. En el siglo de la perspectiva, de la previsión estadística e informática, uno se deja llevar por lo inmediato y se es más ciego que los monarcas de los siglos pasados. Se procede como si las evoluciones sociales, demográficas, geopolíticas no tuviesen ningún efecto. Así la sociedad mercantilista, sometida a las evoluciones y a voluntades externas, por el hecho de creer en el determinismo histórico, hace de los pueblos europeos objetos de la historia.

Otra clave interpretativa de la mentalidad mercantilista es el espíritu de cálculo, también adecuado para la función mercantil pero inaplicable a la totalidad de los comportamientos colectivos. El espíritu de cálculo no afirma, como podría parecer, que el dinero se ha convertido en la norma general, sino, de manera más simple, que lo que no se puede medir ya no “cuenta”, tan sólo tiene una “realidad” parcial. Por tanto, hegemonía de lo cuantificable sobre lo cualificable, sustitución sistemática de lo orgánico por lo mecánico, aplicando a todo el único criterio del coste económico teórico. Se pretende “calcular” todo: se programan las horas de trabajo, el tiempo libre, los salarios, la frecuencia de las relaciones sexuales, el consumo, la producción artística. En los datos de siniestralidad laboral se calcula incluso un preciso “coste de la vida humana”, ligado a la hipotética productividad unitaria media a lo largo del arco de la existencia personal.

Pero todo lo que escapa al cálculo de los costes, es decir, desde nuestro punto de vista, las cosas más importantes, se pasa por alto. Los aspectos no cuantificables económicamente de la vida humana y de los hechos socioculturales, como las consecuencias sociales del desarraigo debido a los movimientos migratorios, se convierten en algo indescifrable y, por lo tanto, se consideran insignificantes. El individuo “calcula” la propia existencia pero, perdiendo de vista sus raíces, ya no tiene el sentido de su propia identidad. Los estados no toman en consideración más que los aspectos “calculables” de su acción. ¿Una región muere de anemia cultural? Qué importa, si para el turismo de masas su tasa de crecimiento es positiva.

Esta superficialidad pertenece principalmente a esa “gestión tecnocrática” que constituye la grotesca caricatura mercantilista de la función soberana, y que tiende a asimilar las naciones a grandes sociedades anónimas (auténtica definición de las sociedades de accionistas) de las que los gobiernos constituyen el consejo de administración. Desde esta óptica, toda política exterior que no tenga por finalidad procurar salidas comerciales inmediatas, por ejemplo la defensa, carece de sentido. Incluso la economía se ve dañada en la medida en que este mercantilismo a corto plazo no está ciertamente en condiciones de constituir una verdadera política económica.

Finalmente, el tercer aspecto de la sociedad mercantilista es, como decíamos, la prioridad sistemática del bienestar económico individual que genera directamente un “deterioro político del estado” mediante su transformación en estado-providencia, estado dulcemente tiránico. Arnold Gehlen, define la “dictadura del bienestar individual” como la situación en que el individuo, obligado a entrar en el sistema providencialista del estado, ve desintegrarse su personalidad en el cerco consumista, en el que pierde todo dominio sobre su propio destino. El neoliberalismo lleva a cabo de esta manera un doble reduccionismo: por una parte, no se considera que el estado y la sociedad tengan que responder a otra cosa más que a las necesidades económicas de la gente; por otro lado, estas son reconducidas al “nivel de vida” individual- cosa, por lo demás, muy distinta del concepto de “calidad de vida”. Y de ahí desciende también la preeminencia, en el interior de la función económica misma, de lo “social” y de lo “consumista” por encima de la producción y de la innovación creadora.

En este marco aparece con claridad como, para un liberal, la única desigualdad entre los pueblos y entre los hombres es la diferencia respecto al poder adquisitivo: por lo que será suficiente, para alcanzar la “égalité”, difundir en el mundo la idea mercantilista. He aquí como se reconcilian el humanitarismo universalista y los “negocios”, la justicia y los intereses, “Bible and business”, según una frecuente expresión de Jimmy Carter. El hecho de que los particularismos culturales, étnicos, lingüísticos sean obstáculos para este tipo de sociedad explica el motivo por el cual la ideología moralizadora de los liberalismos políticos impulsa el internacionalismo, la mezcolanza de los pueblos y de las culturas, la integración racial y las diversas formas de centralismo antirregionalista.

La sociedad mercantilista y el modelo americano amenazan, por tanto, a todas las culturas de la tierra. En Europa y en Japón la cultura ha sido reducida precisamente a un way of life, que es exactamente lo contrario de un estilo de vida. La personalidad del hombre es “cosificada”, es decir, absorbida por los bienes económicos poseídos, que son lo único que estructura su individualidad; se cambia de “personaje” cuando cambia la moda y uno ya no está caracterizado ni por sus orígenes (comercializados en el folklore) ni por sus obras, sino sólo por el consumo. En el sistema contemporáneo los tipos dominantes son el consumidor, el asegurado, el asistido, ni siquiera el productor o el empresario, ya que el mercantilismo difunde un tipo de valores para los que vender y consumir resultan más importantes que producir. Y no hay nada más nivelador que la función del consumo: el productor, o el empresario, se diferencia por sus acciones, pone en juego unas capacidades personales; el consumo, en cambio, es la actividad pasiva, la no actividad por excelencia, a la que todos, indiferentemente, pueden acceder. Pero una economía de consumo no puede, al fin y al cabo, resultar más que inhumana porque el hombre es un ser activo, un constructor. En este sentido, hacen sonreír amargamente las acusaciones de resonancia bíblica de cierta izquierda cultural sobre el ser y el tener, sobre la “maldición del dinero” y sobre la “voluntad de poder” de la civilización europea. La sociedad contemporánea, pese a conservar por momentos una vitalidad cancerígena y decadente, para nosotros sólo preocupante, no afirma en absoluto ninguna voluntad, ni a nivel de destino global, como tampoco en el mero plano de una verdadera estrategia económica.

Texto original publicado en: L'uomo libero

¿Cómo se puede ser pagano?

Alain de Benoist
ENR
Barcelona, 2004
21x15 cms., 332 págs.

El «paganismo» aún era hasta no hace mucho una palabra peyorativa. En lo sucesivo tiene que formar parte del lenguaje corriente. ¿Qué quiere decir pues este término? ¿Qué le puede querer decir a los hombres de nuestro tiempo? ¿Qué idea se pueden hacer de él? Correlativamente, ¿sobre qué articula el paganismo su crítica y su repulsa al pensamiento bíblico del cual procede el cristianismo? Y finalmente, ¿que significan para los herederos de nuestra cultura esos dos fenómenos simultáneos que son el hundimiento de las grandes religiones reveladas y el inevitable regreso a lo sagrado?

Estas cuestiones no pueden ser tomadas con indiferencia. Son cuestiones históricas y de destino. Se trata, en efecto, de destino: saber a qué nos destinamos y, para empezar, saber si todavía queremos destinarnos a algo. Preguntas, finalmente, que yo mismo me hago en este ensayo que representa ante todo una reflexión personal, una reflexión sobre un tema que me apasiona, a propósito del cual mi sentimiento ha evolucionado y sobre el cual, espero, aún seguirá evolucionando.

Es una cuestión de sensibilidad. No hay nada en absoluto en cuanto a materia de crítica, no hay un punto de vista sobre los puntos de vista. En todo caso no he buscado tomar semejantes perspectivas. Tan sólo he querido mostrar, lo más claramente posible, dos grandes visiones espirituales, dos grandes formas espirituales de entender el mundo...

[del texto de la contraportada, de Alain de Benoist]

Panóptico

Robert de Herte

Editorial de la Revista Elements, otoño 2005.

Las actuales sociedades occidentales disponen de medios de vigilancia y control que los antiguos regímenes totalitarios solo hubieran podido soñar. Cada día se utilizan un poco más. Esta vigilancia se añade a lo “políticamente correcto”, que busca modelizar la opinión mediante el empleo de palabras impuestas para todos, al “pensamiento único”, que tiende a reemplazar el debate por el sermón, al higienicismo invasor, que busca reglamentar los usos en nombre del Bien, a la reglamentación de los gustos y las preferencias, que se confunde con la libertad de expresión, y a la propaganda, que hoy en día denominamos publicidad.

La seguridad se ha convertido en los últimos años en una preocupación política esencial. Satisfacer esta preocupación sin con ello afectar a las libertades es un problema que no viene de ayer. En el seno de la “sociedad de riesgo”, la inseguridad real o presumida engendra un clima de incertidumbre y de miedo que alimenta todo tipo de fantasmas. El aparataje securitario utiliza este clima para colocar a la sociedad actual bajo control. Habiendo (casi) desaparecido el totalitarismo clásico, son otros comportamientos, más sutiles, de servidumbre y de dominación los que hacen su aparición. Toman la forma de un complejo engranaje de prohibiciones y de reglamentaciones, que se legitiman por las amenazas omnipresentes. Los pretextos son siempre excelentes: se trata de luchar contra la delincuencia, de proteger nuestra salud, de aumentar la seguridad, de controlar mejor la inmigración ilegal, de proteger a la juventud, de luchar contra la “cibercriminalidad”, etc. La experiencia muestra sin embargo como las medidas adoptadas al comienzo para unos pocos son enseguida extendidas para el conjunto de los ciudadanos. Una vez que el principio se admite, no hace falta más que generalizarlo.

“Tratan desde hace algunos años, escribe el filósofo Giorgio Agamben, de convencernos de que aceptemos como dimensiones humanas y normales de nuestra existencia prácticas de control que siempre habían sido consideradas como excepcionales y propiamente inhumanas”. El problema es que, para asegurarnos la seguridad, debemos en todo caso estar dispuestos a sacrificar nuestras libertades. La “lucha contra el terrorismo” es desde este punto de vista ejemplar. Permite instaurar a escala planetaria un estado de excepción permanente. En los Estados Unidos, los atentados de septiembre de 2001 han tenido como consecuencia directa enormes restricciones de libertades públicas. Este modelo está en proceso de generalización. Debido a su omnipresencia virtual, el terrorismo provoca miedos evidentemente rentables y explotables. Contra el enemigo invisible, la movilización no puede ser más que total, puesto que en esta situación todo el mundo es potencialmente sospechoso. La lucha contra el terrorismo permite a los poderes públicos imponerse dentro de su propia sociedad civil tanto como sobre sus enemigos declarados. Mas allá de su realidad inmediata, el terrorismo puede definirse como un fenómeno generador de terror convertible en capital político que beneficia menos a sus autores que a aquellos que lo utilizan como respaldo para meter en cintura y amordazar a sus propios conciudadanos.

Hostiles a toda opacidad social, las democracias liberales se han dotado de un ideal de “transparencia” que no puede realizarse más que mediante la ingeniería social. La sociedad se transforma entonces en un bunker protegido por contraseñas, códigos de acceso, videocámaras de vigilancia. La multiplicación de espacios reservados, siempre con fines de seguridad, los sustrae al uso social y acaba por desaparecer la noción misma de espacio común, que es el de la ciudadanía . Así se crea un Panóptico aun más temido que el diseñado por Jeremy Bentham, pero con su misma función: verlo todo, oírlo todo, controlarlo todo. En el seno de una sociedad de asistencia generalizada, donde los problemas sociales no se gestionan a partir de ahora más que con “células de asistencia psicológicas” y donde la obsesión bobalicona por el “diálogo” da a creer que , mediante la discusión, todo es negociable y que se puede hallar una solución, para que luego la puesta en acuerdo se haga en “monocromo” (Xavier Raufer) a la manera como funcionan los sistemas operativos, de forma que solo aceptan un solo tipo de software o programas para funcionar bajo su entorno. Ahora entendemos mejor, como la ideología dominante habla más fácilmente de derechos que de libertades, porque cada nuevo derecho creado se acompaña inevitablemente de un control ilimitado sobre su aplicación.

La figura que la sociedad de mercado busca promover es la del perpetuo adolescente, presa de una adicción por el consumo permanente: la mercancía como droga. Economía pulsional, donde la energía se dirige hacia el simple consumismo, como simple capacidad de distracción. Este divertimento, en el sentido pascaliano del término, parecería una forma de distracción. Pero nos aleja de lo esencial, contribuyendo de esta forma a una desposesión de si mismo. Asustarnos por una parte, divertirnos por la otra, es decir volver a desviarnos de lo esencial, impedir que podamos reflexionar o hacer prueba de espíritu crítico. Hacer todo lo posible para que la gente produzca y consuma, sin preguntarse por un más allá de sus preocupaciones y de sus deseos inmediatos, sin jamás comprometerse en un proyecto colectivo que nos haga más autónomos. La sociedad “domesticada”, se convierte en ese rebaño de animales tímidos y laboriosos” del que hablaba Tocqueville. Es el ideal de la cría de aves enjauladas.

Un hecho muy característico es la correlación directa entre la pérdida de autoridad y la obsolescencia política del Estado-nacional y el reforzamiento de su aparato represivo. Al tiempo que cada día se desengrasa más de su faceta económica y social, el Estado legisla y controla cada vez más a sus ciudadanos. Con la ventaja añadida de que en materia de seguridad no tiene la obligación de conseguir resultados. Es más: su interés es no conseguir demasiado, puesto que así se puede justificar la permanencia de sus políticas de control y de vigilancia: “No dirigimos un gobierno hacia el máximo de seguridad para conseguir acabar con la inseguridad . Le dirigimos de esta manera porque la inseguridad persiste” (Percy Kemp) . El verdadero fin no es tanto reducir la inseguridad, que es bienvenida por aquellos a quienes beneficia, sino de sostenerla haciendo posible una vigilancia cada vez más generalizada.

Se trata en resumidas cuentas de crear un caos latente que, sin rebasar un cierto nivel, baste para inhibir toda veleidad de reacción colectiva. La misma táctica se observaba antaño contra las “clases peligrosas”, teniendo como fin inconfesable eliminar a los desviados, a los que daban la palabra discordante. Hoy, son los propios pueblos en si, a los ojos de la Forma-Capital y de las oligarquías reinantes, las que se han convertido en las “clases peligrosas”. Es a los pueblos a los que hace falta domesticar. Para impedirles elaborar sus proyectos colectivos de emancipación y de autonomía, basta con provocarles el miedo. Es para lo que sirve el Panóptico. “Cuando no es mediante el martirio físico, decía Peguy, son las almas a las que no se las deja respirar”.

Texto extraído de la:Página Transversal

CURSO GENERAL DE DISIDENCIA

José Javier Esparza
Ed. El Emboscado, Col. Metapolítica, Madrid, 1997, 224 págs.

(De la introducción...)"Una disidencia de la agonía moderna. Un recorrido por las grietas de nuestro tiempo. Una exploración más allá de la parálisis posmoderna. La propuesta de una clave de interpretación para juzgar la evolución de esta gran crisis. La búsqueda de nuevas convergencias entre quienes se han acercado críticamente al alma del mundo contemporáneo... Este Curso general de disidencia pretende ser una pequeña contribución a todo éso. Si sirve para que alguien tome conciencia de la necesidad de imprimir un giro a nuestro mundo, no podremos sentirnos más satisfechos.

Y una última nota sobre esta "toma de conciencia" a la que apelamos. En efecto, el gran problema del momento presente no es que falte vista para percibir la crisis o que falten respuestas para afrontarla; lo que falta es la voluntad, la osadía, la presencia de ánimo para salir de este callejón sin salida. Tras la caída del Muro de Berlín, en 1989, se ha impuesto un cierto tipo de pensamiento que es a todas luces de una fragilidad infinita, pero cuyas fronteras nadie osa traspasar: en lo económico, un ultra-liberalismo que ha vuelto a polarizar el mundo entre ricos y pobres, como en los peores tiempos del capitalismo salvaje; en lo político, una democracia mínima que ha apartado a los pueblos de la participación en su propio destino y ha entregado el poder a los grupos de presión y a los aparatos de los partidos; en lo social, una moralina del individualismo y del pacifismo que bajo la máscara de la "solidaridad" y la "tolerancia" pretende ocultar la abdicación de todo futuro libre y de todo compromiso real del sujeto con su comunidad; en lo cultural, una mixtura de instrucción técnica y cultura de masas que trata de implantar en todo el globo una suerte de cosmopolitismo del sinsentido... Basta ver una hora de televisión o escuchar el discurso de cualquier opinion-maker para captar la inverosímil fuerza de esta apología de la banalidad. Es lo que Ignacio Ramonet ha llamado pensamiento único y lo mismo que Guillaume Faye denominó soft-ideología: paralizado por la incertidumbre de un mundo en cambio, Occidente se entrega a la repetición ritual de una letanía ideológica en la que ya nadie cree, que ha sido desacreditada por la propia evolución cultural y científica, pero que sobrevive porque sigue constituyendo un refugio seguro frente a un futuro arriesgado.

Figura de la modernidad senil. En otro tiempo, la modernidad se caracterizó por su osadía para afrontar los riesgos del porvenir. Era aquella deliciosa impresión de incertidumbre que fascinaba a Ortega, por ejemplo. Pero hoy incluso éso ha desaparecido. Occidente parece buscar desesperadamente una residencia para quemar en ese modesto retiro sus últimos años. Occidente, el Occidente moderno, desea poner fin a su historia. Si la tesis del Fin de la Historia reactualizada por Francis Fukuyama alcanzó tal éxito, no fue por la solidez de su exposición -sumamente discutible-, sino porque logró conectar con el ánimo profundo de un mundo cansado. El "pensamiento único" responde a la misma lógica: es un pensamiento de la tercera edad.

Sin duda es más cómodo refugiarse en ciertas convicciones simples, aunque sean débiles, aunque en el fondo nadie las crea, aunque hagan agua por todas partes... Pero es la técnica del avestruz. Podemos, sí, entregarnos al pensamiento único, pero la renuncia no va a aplazar o a atenuar la explosión de una realidad implacable. Hay que buscar caminos nuevos. Y para éso, lo primero es "tomar conciencia" de que hay que echar a andar. No es verdad que el futuro esté cerrado. Hoy está más abierto que nunca -porque es más incierto que nunca. Saltemos, pues."

Aunque desde esta página recomendamos adquirir la obra original, y dado que hay cierta dificultad en hallarla hoy por hoy, ponemos en conocimiento de nuestros lectores que hay una versión del "Curso General de Disidencia" en la Red.

REBELDES, REVOLUCIONARIOS Y REFRACTARIOS

Ensayo sobre la disidencia
Jorge Verstrynge
327 páginas
Colección Ensayo Mayor
ISBN 84-95776-37-5

(de la contraportada del libro)...
"Todo Sistema genera tarde o temprano su antítesis, o cuando menos su oposición al orden establecido. En un mundo marcado por la división entre explotadores y explotados nacen Heterodoxos, disidentes, Resistentes, Rebeldes, Revolucionarios y hasta Refractarios. Todos ellos denuncian la injusticia y proponen relaciones sociales diferentes, por no citar a los que, hastiados de un Sistema social que niega la condición de humanidad de una parte de la misma, optan por apearse, marginándose conscientemente.

¿Pero quiénes son esos Rebeldes, Revolucionarios y Refractarios? Los medios de comunicación dan diariamente noticia de sus acciones y opiniones, que se producen ya a nivel mundial.

Y ante la fortaleza creciente de los Anti-Sistema, ¿cuál es la fuerza real del Sistema? ¿La que parece proyectar su gigantismo militarista? ¿O más bien es su desbocado intervencionismo globalizador el estertor de un declive incipiente?

Jorge Verstrynge expone en este libro las características fundamentales del Sistema, su vigencia y su estado de salud, y frente a éste, quiénes y qué son los Anti-sistema: antiglobalizadores, populistas, nacionalistas, neofascistas, ecosocialistas, radicales islámicos... gentes diversas y antagónicas que, por separado, cuestionan implacablemente al neoliberalismo desde sus distintos puntos de vista."

ÍNDICE DE LA OBRA

Parte primera: El Panorama
1. Prolegómenos
2. ¿Es posible la revolución?
3. Textos muy últimos sobre el Rebelde, el Revolucionario y el Refractario

Parte Segunda: El Sistema
4. El Sistema
5. Los Subsistemas
5.1 El Subsistema militar
5.2 Los Subsistemas económico y social
5.3 Los Subsistemas ideológico y político

Parte Tercera: Los Antisistemas
6. Izquierda Real, Antimundializadores, Bolcho-Bonapartismo, Ecosocialismo y Extrema-Izquierda
7. Populismo: el democratismo radical
8. Neofascismo, Nacional-Liberalismo, Etno-populismo y otros
9. Nacionalismo: la búsqueda del paraíso perdido
10. El retorno de los brujos: religión, reacción, y revolución

Anexos:
1. ¿Un Nacional-Bolchevismo de Derechas?
2. La República Bolivariana de Hugo Chávez
3. Y los votos mordieron...
4. USA: Hacia Stalingrados

Notas

RAMIRO LEDESMA RAMOS Y EL FASCISMO ESPAÑOL

Reseña extraída de "Generación XXI"

RAMIRO LEDESMA RAMOS Y EL FASCISMO ESPAÑOL
Ferrán Gallego
Ed. Síntesis, 2005

Pocas biografías de cabecillas revolucionarios españoles dan tanto pie a la reflexión sobre la relación del profeta político con las masas como la de Ledesma Ramos, firma habitual en Revista de Occidente y La Gaceta Literaria y filósofo de carrera prometedora antes de meterse en camisas de otras varas. Y es que en su figura, al margen de la ideología por que apostó, confluyen todas las claves del debate sobre el papel del pragmatismo en la política. Si un audaz golpe de mano bastó a Lenin para someter el inmenso Imperio Ruso a los designios de un grupúsculo de visionarios sin porvenir político a la vista, en el otro confín del orbe, Ledesma, que soñara con ser un Lenin “azul” para España, se ve excluido de todas las intrigas urdidas contra la República en un año -último de su vida- marcado por el aislamiento de su entorno conspiratorio natural y que terminará con su asesinato en las sacas de Paracuellos. Así de caprichosamente chocan los dados en el cubilete de la historia.
En la Falange –fusionada en 1934 con las JONS- convivieron desde un principio gentes procedentes de la más rancia reacción con otras forjadas en las luchas sindicales de la izquierda maximalista. Habría hecho falta, sin duda, que la República durara al menos cuatro o cinco años más para que las aguas se aclararan. La versión oficial de la salida de Ledesma de la organización es que se trató de una ruptura “por la izquierda”. Siempre, en este sentido, hemos intuido terreno fértil -y aún no transitado- la indagación sobre el papel que en ella pudieron jugar topos de partidos obreristas, de los que el fundador de las JONS habría sido instrumento inconsciente, como antes habían echado su cuarto a espadas los topos de la derecha, incluso fraguando un complot para acabar con la vida de un José Antonio al que creían demasiado blando. Ferrán Gallego viene, por su parte, a contradecir esta teoría oficial sosteniendo que la razón última de la escisión habría sido, precisamente, la contraria: el chasco de Ledesma por la negativa de José Antonio a sumar la Falange al gran bloque electoral de derecha en gestación. Tesis ciertamente sorprendente, pero muy bien argumentada y que constituye el plato fuerte de un libro que, por sus lúcidas reflexiones y su riguroso manejo de fuentes, merece la pena leer.

Puede, además, que esta sea la única biografía de Ledesma escrita por un no falangista, lo que le concede un valor cierto. En paralelo y coincidiendo también con el centenario de Ledesma, la editorial Nueva República ha reeditado el número único de la revista lanzada por él poco antes de su muerte: Nuestra revolución, fuente inapreciable -lo mismo que ¿Fascismo en España?, obra publicada bajo pseudónimo- para una valoración desapasionada de sus motivaciones terminales.

Joaquín Albaicín

Manifiesto por la desconexión

Desde El Páramo lanzamos este manifiesto con la intención de que cada vez seamos más los que nos pongamos la máscara para evitar la intoxicación continua y desde todos los frentes a la que nos somete el sistema, especialmente con sus jeringas mediáticas.
Hoy día, aunque esto viene de bastantes años atrás, los medios de comunicación tanto visuales, como orales o escritos, son el cordón umbilical mediante el cual estamos unidos al sistema. La televisión especialmente es un arma tremendamente poderosa con la que los distintos gobiernos están causando estragos entre la población. La televisión sí que es una auténtica arma de destrucción masiva. ¡Desconexión! A través de la pantalla nos muestran el mundo, SU mundo, SU realidad, y no dejan de inocularnos pautas de comportamiento, modos de vida y demás modas alienantes. Sea en forma de series de televisión, de tertulias, de películas o reportajes, los telediarios... O las variadas publicaciones de tendencias, las cuales todas "tienden" a lo mismo. Así que solo tenemos que echar un vistazo a nuestro alrededor para ver qué clase de sociedad es la resultante, qué rebaño de modorros tan inmenso están consiguiendo. Lo que no sale en los medios, de lo que no te hablan ellos, es que "oficialmente" no existe, y en el caso de que exista es "tabú" y debes olvidarte de ello pues puede resultar peligroso. Y así tenemos que cualquier punto de vista alternativo, cualquier pensamiento diferente, cualquier otro modo de ver las cosas no es de fiar, es sospechoso, pues no aparece en ninguno de los distintos medios.

¡Atrévete a desconectar! Esta es la clave. Cerrad la ventana desde la que nos cuelan su basura, desde la que echan el pienso para alimentar su rebaño de ovejas modorras, desde la que consiguen que lo extraño sea asumido como normal, lo falso como única verdad, los valores débiles y cómodos como los únicos a seguir. ¡Desconecta! Su consigna parece ser: no pienses, solo imita lo que veas, lo que queremos que veas. ¡Ignórales! Pero no está todo perdido, afortunadamente. Internet, de momento, nos puede suponer otra ventana desde la que poder asomarnos y ver todo lo no existe para los que mandan, desde la que poder asomarte al páramo. Y desde aquí seguir nutriendo las brigadas de demolición que tras derribar el edificio levantarán uno nuevo forjado en otros valores y cimentado bien profundo.
¡El espíritu vencerá a la materia! ¡Ven a la disidencia!
¡Patria, Justicia, Desconexión!

El Páramo, Septiembre de 2005.

Manifiesto contra la muerte del espíritu

Álvaro Mutis y Javier Ruiz Portella.-

Este Manifiesto fue publicado por el periódico El Mundo, en el suplemento El Cultural el día 19 de junio de 2002.

“Sin denunciar políticas gubernamentales, ni repudiar actuaciones económicas, ni protestar contra específicas actividades sociales”, el escritor colombiano Álvaro Mutis, último premio Cervantes, y el editor y ensayista Javier Ruiz Portella —se decía en El Cultural de El Mundo del 19.6.2002— han lanzado un audaz Manifiesto contra la muerte del espíritu, con la esperanza de abrir una brecha ahora que es la vida del espíritu la que corre peligro. Porque el materialismo, proclaman, impregna hoy los más íntimos resortes de nuestro pensamiento y nuestras actitudes, mientras se desvanece “esa inquietud gracias a la cual los hombres son y no sólo están en el mundo”. Es hora de actuar. O, al menos, de tomar la palabra.

Quienes estampamos nuestra firma al pie de este Manifiesto no estamos movidos por ninguno de los afanes que caracterizan habitualmente al signatario de proclamas, protestas y reivindicaciones. El Manifiesto no pretende denunciar políticas gubernamentales, ni repudiar actuaciones económicas, ni protestar contra específicas actividades sociales. Contra lo que se alza es contra algo mucho más general, hondo… y por lo tanto difuso: contra la profunda pérdida de sentido que conmueve a la sociedad contemporánea.

Aún sigue existiendo, es cierto, algo parecido al sentido; algo que, por sorprendente que sea, aún justifica y llena la vida de los hombres de hoy. Por ello, el presente Manifiesto se alza, hablando con mayor propiedad, contra la reducción de dicho sentido a la función de preservar y mejorar (en un grado, es cierto, inigualado por ninguna otra sociedad) la vida material de los hombres.

Trabajar, producir y consumir: tal es todo el horizonte que da sentido a la existencia de los hombres y mujeres de hoy. Basta, para constatarlo, leer las páginas de los periódicos, escuchar los programas de radio, regodearse ante las imágenes de la televisión: un único horizonte existencial (si se le puede denominar así) preside a cuanto se expresa en los medios de comunicación de masas. Contando con el enfervorizado aplauso de éstas, dicho horizonte proclama que de una sola cosa se trata en la vida: de incrementar al máximo la producción de objetos, productos y esparcimientos puestos al servicio de nuestro confort material.

Producir y consumir: tal es nuestro santo y seña. Y divertirse: entretenerse en los pasatiempos (se denominan con acertado término: “actividades de ocio”) que la industria cultural y los medios de comunicación lanzan al mercado con objeto de llenar lo que, sólo indebidamente, puede calificarse de “vida espiritual”; con objeto de llenar, más propiamente hablando, lo que constituye ese vacío, esa falta de inquietud y de acción que la palabra ocio expresa con todo rigor.

A ello se reduce la vida y el sentido del hombre de hoy, la de ese “hombre fisiológico” que parece encontrar su mayor plenitud en la satisfacción de las necesidades derivadas de su mantenimiento y sustento. Resulta obligado reconocer, por supuesto, que en semejante empeño –muy especialmente en la mejora de las condiciones sanitarias y en el incremento de una longevidad que casi se ha duplicado en el curso de un siglo–, los éxitos alcanzados son absolutamente espectaculares. También lo son los grandes avances que la ciencia ha efectuado en la comprensión de las leyes que rigen los fenómenos físicos que conforman el universo en general y la tierra en particular. Lejos de repudiar tales avances, los signatarios del presente Manifiesto no podemos sino saludarlos con hondo y sincero júbilo.

Es precisamente este júbilo el que nos lleva a expresar su asombro y su angustia ante la paradoja de que, en el momento en que tales conquistas han permitido aliviar considerablemente el sufrimiento de la enfermedad, mitigar la dureza del trabajo, expandir la posibilidad del conocimiento (en un grado jamás experimentado y en unas condiciones de igualdad jamás conocidas): en un momento caracterizado por tan saludables provechos, resulta que es entonces cuando, reducidas todas las perspectivas al mero incremento del bienestar, corre el riesgo de quedar aniquilada la vida del espíritu.

Lo que peligra no son, salvo hecatombe ecológica, los beneficios materiales así alcanzados; lo que se ve amenazada es la vida del espíritu. Lo prueba, entre mil otras cosas, el mero hecho de que incluso se ha vuelto problemático usar el término “espíritu”. Es tal el materialismo que impregna los más íntimos resortes de nuestro pensamiento y de nuestro corazón, que basta utilizar positivamente el término “espíritu”, basta atacar en su nombre el materialismo reinante, para que la palabra “espíritu” se vea automáticamente cargada de despectivas connotaciones religiosas, si ya no esotéricas.

Se impone por ello precisar que no es la inquietud religiosa la que mueve a los signatarios del presente Manifiesto, independientemente de lo que éstos puedan considerar acerca de la relación entre “lo espiritual” y “lo divino”.

Lo que nos mueve no es la inquietud ante la muerte de Dios, sino ante la del espíritu: ante la desaparición de ese aliento por el que los hombres se afirman como hombres y no sólo como entidades orgánicas. La inquietud que aquí se expresa es la derivada de ver desvanecerse ese afán gracias al cual los hombres son y no sólo están en el mundo; esa ansia por la que expresan toda su dicha y su angustia, todo su júbilo y su desasosiego, toda su afirmación y su interrogación ante el portento del que ninguna razón podrá nunca dar cuenta: el portento de ser, el milagro de que hombres y cosas sean, existan: estén dotados de sentido y significación.

¿Para qué vivimos y morimos nosotros: los hombres que creemos haber dominado el mundo…, el mundo material, se entiende? ¿Cuál es nuestro sentido, nuestro proyecto, nuestros símbolos…, estos valores sin los que ningún hombre ni ninguna colectividad existirían? ¿Cuál es nuestro destino? Si tal es la pregunta que cimienta y da sentido a cualquier civilización, lo propio de la nuestra es ignorar y desdeñar tal tipo de pregunta: una pregunta que ni siquiera es formulada, o que, si lo fuera, tendría que ser contestada diciendo: “Nuestro destino es estar privados de destino, es carecer de todo destino que no sea nuestro inmediato sobrevivir”.

Carecer de destino, estar privados de un principio regulador, de una verdad que garantice y guíe nuestros pasos: semejante ausencia –semejante nada– es sin duda lo que trata de llenar la vorágine de productos y distracciones con que nos atiborramos y cegamos. De ahí proceden nuestros males. Pero de ahí procede también –o mejor dicho: de ahí podría proceder, si lo asumiéramos de muy distinta manera– toda nuestra fuerza y grandeza: la de los hombres libres; la grandeza de los hombres no sometidos a ningún Principio absoluto, a ninguna Verdad predeterminada; el honor y la grandeza de los hombres que buscan, se interrogan y anhelan: sin rumbo ni destino fijo. Libres, es decir, desamparados. Sin techo ni protección. Abiertos a la muerte.

Esbozar la anterior perspectiva no significa, ni que decir tiene, resolver nada. Contrariamente a todos los Manifiestos al uso, no pretende éste apuntar medidas, plantear acciones, proponer soluciones. Ya ha pasado afortunadamente el tiempo en que un grupo de intelectuales podían imaginarse que, plasmando sus ansias y proyectos en una hoja tan blanca como el mundo al que pretendían modelar, iba éste a seguir el rumbo fijado. Tal es el sueño –el señuelo– del pensamiento revolucionario: este pensamiento que, habiendo conseguido poner los fórceps del poder al servicio de sus ideas, sí logró –pero con las consecuencias que sabemos– transformar el mundo durante unas breves y horrendas décadas.

El mundo no es en absoluto la hoja en blanco que se imaginaban los revolucionarios. El mundo es un fascinante y a veces aterrador libro trenzado de pasado, enigmas y espesor. No pretenden pues los firmantes del presente Manifiesto plasmar ningún nuevo programa de redención en ninguna nueva hoja en blanco. Pretenden ante todo, y ya sería mucho, conglomerar voces unidas por un parecido malestar.

Ya sería mucho, en efecto: pues lo más curioso, por no decir lo más inquietante, es que semejante malestar no haya encontrado hasta la fecha ningún auténtico cauce de expresión. Aún más angustioso que la propia muerte del espíritu, es el hecho de que, salvo algunas voces aisladas, dicha muerte parece dejar a nuestros contemporáneos sumidos en la más completa de las indiferencias.

Por ello, el primer objetivo que se propone este Manifiesto es el de saber en qué medida tales reflexiones son susceptibles de suscitar un mínimo, mediano o (acaso) amplio eco. A pesar del pesimismo que embarga a este Manifiesto, late en él la descabellada esperanza de pensar que no es posible que sólo algunas voces aisladas se alcen a veces para oponerse al sentir que caracteriza a nuestro tiempo. En la medida en que dicho sentir siga siendo dominante, es evidente que inquietudes como las aquí expresadas sólo podrán plasmarse en un grito, en una denuncia. Esto es obvio. Pero no lo es el que semejante grito no figure siquiera inscrito en aquel talante crítico, impugnador y transgresor, que tanto había caracterizado a la modernidad, al menos durante sus inicios. Como si todo fuera de lo mejor en el mejor de los mundos, casi nada queda de aquella actitud crítica: lo único que hoy mueve a la protesta son las reivindicaciones ecologistas (tan legítimas como encerradas en el más plano de los materialismos), a las que cabría añadir los putrefactos restos de un comunismo igual de materialista y tan trasnochado que ni siquiera parece haber oído hablar de los crímenes que, cometidos bajo su bandera, sólo son equiparables a los realizados por el otro totalitarismo de signo aparentemente opuesto.

Desvanecido el talante inquieto y crítico que honró antaño a la modernidad, entregado nuestro tiempo a las exclusivas manos de los señores de la riqueza y del dinero –de ese dinero cuyo espíritu impregna por igual a sus vasallos–, sólo queda entonces la posibilidad de lanzar un grito, de expresar una angustia. Tal es el propósito del presente Manifiesto, el cual, además de lanzar dicho grito, también pretende posibilitar que se abra un profundo debate. Ni que decir tiene que tanto las cuestiones explícitamente apuntadas aquí, como las muchas otras que éstas implican, no pueden encontrar su cabal expresión en el breve espacio de un Manifiesto. Por ello, ya se verían abundantemente colmados los propósitos de éste, si a raíz de su publicación se abriera un debate en el que participaran cuantos se sintieran concernidos por las inquietudes aquí esbozadas.

Apuntemos tan sólo algunas de las cuestiones en torno a las cuales podría lanzarse tal debate. Si “el tema de nuestro tiempo”, por parafrasear a Ortega, no es otro que el constituido por esta profunda paradoja: la necesidad de que se abra un destino para los hombres privados de destino y que han de seguir estándolo; si nuestra cuestión es la exigencia de que se abra un sentido para un mundo que descubre –aunque encubierta, desfiguradamente– todo el sinsentido del mundo; si tal es, en fin, nuestro “tema”, la cuestión que entonces se plantea es: ¿mediante qué cauces, a través de qué medios, de qué contenido, de qué símbolos, de qué proyectos… puede llegar a abrirse semejante donación de sentido?

La anterior paradoja –disponer y no disponer de destino; afirmar un sentido establecido sobre el sinsentido mismo del mundo–; todo este arriesgado pero enaltecedor ejercicio de equilibrio sobre el abismo, todo este mantenerse en la movediza “frontera” que media entre la tierra firme y el vacío: ¿no se parece todo ello al abismo, a la paradoja misma del arte: del verdadero arte, del que nada tiene que ver con el entretenimiento que se vende hoy bajo su nombre? “Tenemos el arte para no perecer a causa de la verdad”, es decir, de la racionalidad, decía Nietzsche. Quizá sí, quizá sea el arte lo que pudiera sacar al mundo de su abulia y torpor. Para ello, haría falta desde luego que la imaginación artística recobrara nuevo impulso y vigor. Pero ello no bastaría. También haría falta que, dejando de ser tanto un entretenimiento como un mero ornamento estético, el arte recuperara el lugar que le corresponde en el mundo; pasara a ser asumido como la expresión de la verdad que el arte es y que nada tiene que ver con la mera contemplación efectuada por un ocioso espectador.

Ahora bien, ¿es ello posible en este mundo en el que no sólo la banalidad y la mediocridad, sino la fealdad misma (fealdad arquitectónica y decorativa, fealdad vestimentaria y musical…) parece estar convirtiéndose en uno de sus ejes centrales? ¿Es posible esta presencia viva del arte en un mundo dominado por la sensibilidad y el aplauso de las masas? ¿Es posible que el arte se instale en el corazón del mundo sin que reviva –pero ¿cómo?– lo que fue durante siglos la auténtica, la vivísima cultura popular? Dicha cultura ha desaparecido hoy, inmolada en el altar de una igualdad que mide a todos por el mismo rasero, que impone a todos la sumisión a la única cultura –la culta– que nuestra sociedad considera posible y legítima. ¿No es pues la cuestión misma de la igualdad –la de sus condiciones, posibilidades y consecuencias– la que queda de tal modo abierta, la que resulta ineludible plantear?

Esbocemos una última cuestión, quizá la más decisiva. Toda la desespiritualización aquí denunciada está íntimamente relacionada con lo que cabría denominar el desencanto de un mundo que ha realizado el más profundo de los desencantamientos: ha aniquilado a las fuerzas sobrenaturales que, desde el comienzo de los tiempos, regían la vida de los hombres y daban sentido a las cosas. No hace falta insistir en la necesidad de dicho desencantamiento para explicar los fenómenos físicos que conforman el universo. Imprescindibles resultan para ello las armas de una razón cuyas conquistas materiales (tanto teóricas como prácticas) están sobradamente probadas. Ahora bien, ¿no son estas mismas armas y estas mismas conquistas las que lo pervierten todo, cuando, dejando de aplicarse a lo material, intentan dar cuenta de lo espiritual? ¿No es el poder de la razón el que lo reduce todo a un mecánico engranaje de causas y efectos, de funciones y utilidades, cuando pretende encarar la significación del mundo, cuando intenta enfrentarse al sentido de la existencia? El fondo del problema, ¿no estriba en este desmesurado poder que se ha atribuido el hombre al proclamarse no sólo “dueño y señor de la naturaleza”, sino también dueño y señor del sentido? Sólo gracias a la presencia del hombre, es cierto, surge, se dispensa esta “cosa”, la más portentosa de todas, a la que denominamos sentido. Pero de ello no se deriva en absoluto que el hombre disponga del sentido, sea su dueño y señor, domine y controle un misterio que siempre le trascenderá.

Semejante trascendencia no es en el fondo otra cosa que lo que, durante siglos, se ha visto expresado bajo el nombre de “Dios”. Enfocar las cosas desde tal perspectiva, ¿no equivale pues a plantear –pero sobre bases radicalmente nuevas– la cuestión que la modernidad había creído poder obviar para siempre: la cuestión de Dios?

Dejemos abierta, al igual que las anteriores, esta última cuestión: la de un insólito dios (quizá conviniera por ello escribir su nombre con minúscula), la cuestión de un dios que, careciendo de realidad propia –no perteneciendo ni al mundo natural ni al sobrenatural–, sería tan dependiente de los hombres y de la imaginación como éstos lo son de él y de ésta. ¿A qué mundo, a qué orden de realidad podría pertenecer semejante dios? No podría desde luego pertenecer a ese orden sobrenatural cuya realidad física hasta ha sido desmentida… por Su Santidad el Papa, quien en julio de 1999 –pero nadie se enteró– afirmaba que “el cielo […] no es ni una abstracción ni un lugar físico entre las nubes, sino una relación viva y personal con Dios”. ¿Dónde puede morar dios, en qué puede consistir la naturaleza divina, si ningún lugar físico le conviene, si sólo de una “relación” se trata? ¿Dónde puede morar dios, sino en este lugar aún más prodigioso y maravilloso que está constituido por las creaciones de la imaginación?

Plantear la cuestión de dios no es otra cosa, en últimas, que plantear la cuestión de la imaginación, interrogarnos sobre su naturaleza: la de esa fuerza que, a partir de nada, crea signos y significaciones, creencias y pasiones, instituciones y símbolos…; esa fuerza de la que quizá todo dependa y de la que el hombre moderno, como no podía ser menos, también se pretende dueño y señor. Así lo cree este hombre que, mirando con condescendiente sonrisa a los signos y símbolos de ayer o de hoy, exclama burlón: “¡Bah, sólo son imaginaciones!”, mentiras, pues.

Álvaro MUTIS y Javier RUIZ PORTELLA

Texto extraído de: Manifiesto

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